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| Columbia University Interdisciplinary Science Building |
A finales de noviembre de 2010 concluían las obras del Interdisciplinary Science Building de Columbia University en la esquina noroeste del campus universitario. Antes, Rafael Moneo había recibido el encargo, su primero en la urbe neoyorkina, para el cual contó con la implicación de Belén Moneo y Jeff Brock. Y precisamente fue la pareja que forma el estudio Moneo Brock quien el pasado viernes (23.01.2015) expuso, en una ilustradora conferencia en el Aula Magna de la escuela, el proceso de diseño de tan comprometido proyecto.
Pues lo cierto es que el encargo suponía un reto de importantísimas dimensiones por diversos motivos. Por un lado, los arquitectos tuvieron que hacer frente a un complejo programa que, aunque en su mayor parte se componía de espacio dedicado a laboratorios, debía incluir, además, aulas, despachos, espacio de estudio, biblioteca de investigación, auditorio, y cafetería. Por otro lado, la parcela, debía salvar un importante desnivel y abrir un nuevo acceso al campus que fuera más allá de lo meramente funcional para escenificar un ejercicio de apertura de la universidad hacia la comunidad de Harlem que lo circunda. Por último, el nuevo edificio debía situarse sobre un equipamiento deportivo, algo degradado, pero que debía mantenerse en su estado previo, lo cual obligó a un considerable sobresfuerzo estructural.
Este conjunto de circunstancias resultaron clave para el desarrollo del proyecto, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, parece de gran interés observar cómo todas ellas participaron en la definición de la fachada, el elemento que, por su diseño, es probablemente el que se ha convertido en el más representativo del proyecto. Lo cual aún parece más significativo si se tiene en cuenta que la envolvente ha sido trabajada a menudo en la modernidad, y muy especialmente en los último tiempos, como una realidad inmaterial que, precisamente por esta definición, permitía una línea de trabajo más libre.
En este caso, la fachada se compone de una sucesión de pórticos metálicos cuyo interior es ocupado, con aparente aleatoriedad, por diferentes elementos prefabricados: unas veces presentan barras estructurales diagonales, celosías, ventanas o una combinación de varios elementos. En conjunto, la imagen invita al paseo de la mirada, tras el cual no resulta complicado interpretar la imagen que proyecta como un mero juego compositivo. Sin embargo, la pareja de arquitectos tuvo ocasión de dar cuenta del proceso que les condujo a ese diseño en particular: en primer lugar, era necesario salvar el espacio ocupado por el polideportivo, de modo que el edificio debía convertirse en un puente, lo que a su vez situaba la estructura del edificio como un requerimiento primordial; de modo que los arquitectos partieron con la obligación de trabajar con una fachada de la mayor competencia estructural; para ello, el proceso de diseño se valió de diferentes simulaciones en las que se iban retirando aquellas barras que trabajaban de una manera no óptima; por último, la composición de la fachada quedó determinada por la necesidad de encajar un programa que, en ocasiones necesitaba de ventana y en otras no.
Con lo que, en definitiva, el elemento más expresivo del edificio, y que en gran medida debe su interés a una aparente libertad compositiva, es en realidad la integración de algunas de las más trascendentales condiciones de partida del edificio, lo que dota a toda la operación de un coherencia que, una vez descubierta, aún hace más atractiva la solución final.

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