LAVALOU, ARMELLE (ed.); Conversaciones con Jean Prouvé, Gustavo Gili, Barcelona, 2005, pp. 11-14.
(Extracto)
Sólo soy un obrero. En el fondo, partí de ahí, y pienso que todo lo que he hecho en la vida, lo he hecho muy sencillamente, sin plantearme preguntas demasiado profundas.
Nací en París, pero mis padres regresaron en seguida a Nancy.
Era la época de la creación de la École de Nancy. Mi padre era pintor, además de un artesano excepcional. Era de los que asocian instantáneamente el pensamiento con la acción manual. Ya desde muy pequeño, digamos a los cinco o seis años, vivía la actividad de la escuela. A la salida del colegio iba al taller de mi padre y allí me encontraba con todos los miembros de la École de Nancy. Era algo excepcional y hoy en día seguiría siéndolo. Mi padre era muy amigo de Émile Gallé, el maestro vidriero y fundador de la escuela, de quien yo era ahijado. Mi padre sucedió a Gallé como líder del movimiento artístico preconizado en la École de Nancy cuando éste murió en 1904.
Todos ellos veneraban el mundo obrero y preconizaban una estrecha colaboración entre industriales, artistas y artesanos. Eran revolucionarios en todos los sentidos, principalmente desde la producción industrial en serie. Socialistas antes de tiempo. Su idea era que todos los objetos tenían que ser de calidad, que toda arquitectura debía ser de su época. Su regla principal, cuya aplicación ha sido mi desvelo, era la siguiente: “El hombre está en la tierra para crear”.
Es decir, no copiar jamás, no plagiar jamás, mirar siempre hacia el futuro en todas las cosas… Se trataba de una regla absoluta. Consideraban que ello no era posible sin un importante bagaje cultural, sin un conocimiento total del pasado. Cuando se crea, se debe saber lo que se ha hecho hasta el momento. Una época es una época, y el modo de pensar de cada época es distinto.
Para apoyar sus ideas, los artífices de la École de Nancy indagaron cuál era la mejor fuente de inspiración y la encontraron en la contemplación de la naturaleza. Recuerdo que mi padre me decía: “¿Ves cómo se une la espina al tallo de esta rosa?”. Y, al hacerlo, abría la palma de su mano y recorría con un dedo su contorno: “Mira, como el pulgar a la mano. Todo esto está bien hecho, es sólido, son formas de resistencia equivalente y, a pesar de todo, son flexibles”. Esto se me quedó para siempre. Si mira algunos de los muebles que he hecho, verá que en casi todas partes hay un diseño de elementos que se afinan: los perfiles son de resistencia equivalente, es decir que son más fuertes allá donde más trabajan. Probablemente sea esto lo que conservo de la influencia de la École de Nancy. Luego salí de ella, evolucioné. Evolucioné porque ellos me habían enseñado que había que evolucionar.
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