viernes, 24 de octubre de 2014

CF Fulvio Irace

Gio Ponti en trabajando en el solar de la concatedral Gran Madre de Dio 1970


En una lúcida conferencia, el pasado 24 de octubre el profesor Fulvio Irace presentó a la escuela la figura del maestro italiano Gio Ponti. El arquitecto es, muy probablemente uno de los más insignes representantes de una manera de entender la arquitectura profundamente enraizada en el Mediterráneo, posición que obtuvo un gran predicamento en el segundo tercio del sglo XX, en especial tras el giro radical imprimido a los míticos congresos CIAM tras su cuarta edición de 1933. 

Esta condición mediterránea explica los lazos que unieron a Gio Ponti con muchos de los arquitectos españoles del período, sobre todo con aquellos situados en la órbita catalana. No obstante, a pesar de sus importantes dotes como arquitecto, la figura de Ponti es recordada, en gran medida, por la fundación de la mítica revista italiana Domus, y su labor como diseñador, tanto de mobiliario (con obras maestras como la silla de sólo 1,7 kg de peso Superleggera) como industrial (con incursiones en el mundo de los enseres cotidianos mediante la experimentación con cerámica o vidrio).

Y, sin embargo, el Gio Ponti presentado por Irace no puede ser más "arquitecto". Algo que ejemplifica la entrega del maestro italiano en el proyecto de la milanesa Concatedrale Gran Madre de Dio, uno de sus proyectos más postreros (probablemente el que se pueda considerar como el"última") y más ambiciosos. Según relató Irace, una vez iniciada la obra, un Gio Ponti que contaba ya 79 años de edad, ordenó a los operarios que instalasen una mesa de trabajo en el propio solar donde se estaban desarrollando los trabajos. Escritorio que sería su espacio de trabajo habitual durante los años que se prolongaron los trabajos de la concatedral.

La anécdota no es, ni mucho menos, menor, y resulta paradigmática en cuanto al entendimiento de todo lo que comprende el hecho arquitectónico. La arquitectura es una realidad física, que empieza en el diseño del proyecto, pero cuyo horizonte se rige por una irrenunciable vocación de ser construido. Y según esto, esta aspiración a materializarse alcanza su momento de frontera (y, por tanto, de máxima intensidad) en la construcción. De modo que asistir a este proceso desde el tablero de trabajo parece una postura no sólo romántica, apasionada y ambiciosa, sino de una gran responsabilidad y solidez conceptual. Una disposición que, además, resulta profundamente inspiradora.


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