viernes, 13 de febrero de 2015

AA Grafton Architects

Croquis de la sección del nuevo edificio para la Universidad de Ingenieria & Tecnologia en Lima, Peru

Yvonne Farrel presentó el pasado viernes 13 de febrero la obra realizada conjuntamente con Shelley McNamara bajo Grafton Architects. En la conferencia mostraron cuatro proyectos recientes de entre los once que estuvieron en la habitual exposición del ciclo Arquitecturas de Autor durante aproximadamente un mes. El estudio, radicado en Dublín, lleva trabajando desde 1978 aunque quizá es en la última década, o algo menos, cuando han despuntado en la escena internacional, mostrando una obra pasada y reciente extraordinariamente consistente, mantenida desde entonces bajo los mismos principios.

Se definieron como arquitectas al modo de ‘intérpretes’ o ‘traductoras’ de las aspiraciones y deseos de los demás a través del “silencioso lenguaje del espacio” que se expresa mediante el material.

Esta cuestión, la del arquitecto como un intérprete de un lenguaje formado por el material merece alguna reflexión, de las muchas posibles, que esta afirmación proporciona. Nos remite inevitablemente, para comprenderlo mejor, a la analogía con la música. Y a recomendar la lectura de uno de los capítulos de Poética musical, de Igor Stravinsky, que recoge la serie de conferencias –Poetics of Music in the Form of Six Lessons– impartidas en la Universidad de Harvard en 1938 y 1939 en las célebres series Charles Eliot Norton Lectures (Sigfried Giedion, Erwin Panofsky, Pier Luigi Nervi o Charles Eames, son otros conocidos invitados)

En el último capítulo, la última conferencia, De la ejecución, es de donde podemos extraer algunas lecciones de utilidad. Basta con ir estableciendo los paralelos, algunos bastante obvios con el arquitecto y la arquitectura. Stravinsky argumenta cómo la música necesita del intérprete, mejor que un mero ejecutante. El ejecutante se limita a seguir la partitura. El intérprete, que debe ser buen ejecutante, debe conocer perfectamente el lenguaje musical, y también todo aquello no escrito en la partitura, y todo lo que está inscrito pero no es explícito en el discurso musical. Y necesita de talento, de experiencia y de tiempo para alcanzarlos. Un buen intérprete debe someterse a la partitura, debe dominar la técnica, y poseer una cultura general. Someterse al rigor de la disciplina le dará libertad. Y, muy importante, se debe al público que además valorará la pieza musical del compositor a través suyo. Pero, y aquí sí hay una diferencia fundamental con respecto a la arquitectura, la música, dice Stravinsky, existe antes que en su ejecución, es decir la música existe en acción pero también en potencia. 

No es necesario ahora apostillar la argumentación anterior con el ejercicio de la arquitectura. Cabe quizá decir que como cualquier comparación, ésta también tiene sus limitaciones pues en el caso de la música, por encima del intérprete está el autor, el compositor. Pensemos para salvar este contratiempo, que por encima del arquitecto-intérprete, el papel del autor lo ostenta la propia Arquitectura. 

Con todo, la lección de Stravinsky nos permite algunas preguntas evidentes, ¿es suficiente con que el arquitecto sea un ejecutante? Algunos dirán que sí. ¿Mejor debe ser un intérprete? Y, en este caso ¿qué debe interpretar? ¿sólo, las reglas propias de la arquitectura? 


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