Como meta, la arquitectura debe proponernos la creación de relaciones nuevas entre el hombre, el espacio y la técnica.
Hans Scharoun propuso un punto de vista muy particular, planteando una posición opuesta al carácter universal que planteaba la arquitectura de su época. Su lema principal era “funcionalidad y no apariencia”, es decir, su principal interés, en cuanto a la arquitectura, radicaba en la organización específica de un espacio, dejando en un plano secundario la apariencia sobrevenida.
Scharoun entendía los edificios como una continuidad de la vida y como respuesta al entorno en el que se situaban. Por ello, sus edificios solo pueden entenderse dentro de su propio contexto. El diseño de cualquier proyecto al que se enfrentara surgía “de dentro hacia fuera”; recalcando de este modo la importancia de la función frente a la apariencia exterior; las fachadas eran resultado de lo que ocurría en el interior. El arquitecto defiende que el ser humano, imperfecto por naturaleza, se identifica más y siente el espacio más suyo, si se evita la racionalidad tan pura del ángulo recto, como se comprueba en las plantas.
Pero además, el maestro alemán creía en el efecto educativo que puede llegar a tener la arquitectura ante la sociedad. Y por ello sus proyectos reclaman una nueva concepción espacial basada en la importancia de la vivencia del espacio en su sentido social, en su función de mediación entre el individuo y la comunidad. Con ello, pretendía contribuir a recuperar la sociedad que había quedado maltrecha por la guerra.
El pasado viernes (10.10.2014), el grupo compuesto por Ane Iribar, Ana Cristina Del Pozo, Maripaz Muñoz, Mª Daniela Pendola y Leire Calderón (las autoras de este texto) presentaron la obra de Scharoun a toda la clase en el primer seminario del curso 14-15.

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