jueves, 25 de septiembre de 2014

Brush pen

Joao A. Rocha, Puesto de Turismo, Ponte de Lima, 2000-2005

En la arquitectura de Joao Álvaro Rocha, recientemente fallecido, no pasa desapercibida la perfección de ejecución de la obra. Pueden, cómo no, discutirse otras cuestiones, pero la precisión del detalle salta a la vista. Y no es casual. Su magisterio en la Escuela nos ha enseñado que detrás de esos detalles hay muchas horas de reflexión, no menos de dirección de obra pero, sobre todo, y muy especialmente, de dibujo. Si el refinamiento de su arquitectura, que nada tiene que ver con lo cuantioso, llama la atención, lo hace tanto o más la dedicación exhaustiva y casi obsesiva a la definición gráfica del proyecto. Nada que no esté dibujado está pensado o, dicho de otro modo, todo aquello que se piensa se termina dibujando como modo de aproximarse a una realidad que debe construirse. Basta simplemente con señalar, y no es poca cosa, que los planos de las obras de Joao Álvaro Rocha están acotados en milímetros. La herramienta del arquitecto es, después de todo, el dibujo. A través del dibujo descubre la realidad, la filtra, la refleja; y se piensa, se expresa, proyecta y define cada aspecto de la arquitectura.

A Joao Álvaro Rocha, contra lo que pudiera parecer después de lo dicho, no era usual verle con un lápiz afilado. Acostumbraba, más bien, a usar uno de esos rotuladores baratos de punta gruesa –brush pen en el argot de los fabricantes– que no permiten demasiada precisión. Y, sin embargo, el trazo grueso y enérgico de sus muchos dibujos dejaba paso a esa perfección milimétrica.

En efecto, puede parecer un contrasentido. Aunque para explicarlo, y esto nos llevará a destacar alguna otra cualidad personal del portugués, quizá podemos acudir a una imagen similar. En el capítulo siete de The Craftsman, titulado ‘Arousing Tools’,  Richard Sennet nos propone el siguiente ejemplo:

Los barberos medievales -en quienes recaía la no muy reconocida práctica médica en realidad- diseccionaban con cuchillos de cocina, o con su propia navaja de barbero. Estos instrumentos, de poca precisión, se afilaban rudimentariamente con la piedra o la faja de cuero. Con el tiempo, y gracias a nuevas aleaciones del hierro, hacia finales del siglo XV, su calidad mejorará algo. Ya en el siglo XVII, aparece el que podríamos considerar escalpelo moderno adaptado según las necesidades particulares y más específicas de la disección y la cirugía: de hoja más pequeña y fina, de punta de gancho pero romo en los filos, de tijera, de sierra,… Sin embargo, la mejor precisión de estas herramientas más finas no significó al principio una mejora. Al contrario, resultó ser un problema, un reto a una técnica manual hasta entonces gruesa y acostumbrada al rudimento. En 1543, el médico Andres Vesalio publica De humani corporis fabrica donde explicaba, fruto de una experimentación continuada, una técnica refinada en el uso de escalpelo y la aplicación de la fuerza de las manos y la punta de los dedos pulgar e índice, para distintas situaciones quirúrgicas. Sólo con el paso del tiempo, el uso imperfecto o desconcertante de una herramienta mejorada produciría un avance enorme de la ciencia.

En fin, salvando las distancias y los peligros de acudir a ejemplos prestados, tratemos de entender esa paradoja. Lo que Sennet nos señala es que ‘el mejor uso de las herramientas es, en parte, consecuencia del reto que éstas nos plantean, reto que a menudo se produce precisamente porque las herramientas no son específicas’. En nuestro caso, sabemos que el dibujo de rotulador grueso contiene potencialmente, bajo el trazo imperfecto, toda la determinación posterior de su autor. Su uso plantea efectivamente un reto: el arquitecto portugués lo utilizaba como abstracción original de un proceso de idas y vueltas en el que el dibujo más rudimentario fijaba lo importante y escondía lo accesorio, al tiempo que el maestro afilaba con denuedo el escalpelo.