‘Contra las smart cities’, es el título –ciertamente provocativo– de la conferencia que impartió el sociólogo José Miguel Iribas el pasado 26 de septiembre. En un formato atípico al más cebado de imágenes que solemos acostumbrar, Iribas despachó una serie de argumentos para desconfiar del, ya no tan nuevo, paradigma de lo ‘smart’ que invade cualquier discurso reciente y venidero sobre la ciudad. En realidad, cargó más bien la mano, si nos podemos referir así, contra la exaltación acrítica que supone refugiarse bajo cualquier eslogan por parte de algunos ‘tecnólogos’. No es el único que se resiste a desconfiar de lo ‘smart’ como un mero producto de marketing que sitúa en primer lugar el dato y aleja el verdadero protagonismo del ciudadano en la ciudad.
Si cabe reconocer la necesidad y bondades de realizar un buen análisis a partir de la obtención de datos, y que aquí la tecnología juega un rol decisivo, esto no es suficiente. El problema termina recayendo en su interpretación correcta. Un frecuente manejo maximalista que no tiene en cuenta que los problemas urbanos son tan complejos, o previsibles, como lo es el ser humano suele conducier al fracaso.
Para ejemplificarlo se refería a una simple anécdota reciente, tras su paso por un programa de radio, en el que debatía con algunos expertos sobre la aplicación de tecnología ‘smart’ a la ciudad y que acabaron tachando a nuestro sociólogo, casi de modo despectivo, de ‘humanista’. Uno de ellos se refería al recorrido de los camiones de basuras como uno de los grandes problemas de nuestras ciudades, de hecho lo es, y cómo colocando unos sensores de nivel de llenado en los contenedores podrían evitarse trayectos innecesarios. Es una solución cierta, pero en consecuencia –alertaba Iribas– también sería necesario hacer lo mismo respecto a los olores, pues no deja de ser un factor clave de degradación de la vida urbana. Esto es, cualquier solución puramente tecnológica siempre deja cabos sueltos y puede dar lugar a una cascada de decisiones erróneas, pues a cuestiones complejas suelen corresponder soluciones complejas, al menos en su formulación. Y aunque en ocasiones acaben resultando muy simples. Esto es, la tecnología por resultar demasiado específica no siempre da una respuesta global a una realidad polifacética.
Pero no puede negarse que la información, ahora digital, es clave, cuando menos para lograr una concienciación social. Recurría a otra anécdota paradigmática, aunque ‘analógica’, sobre el consumo de agua en Benidorm. Durante la gran sequía de 1978 se creó una cultura de ahorro de agua entre la población. Los hoteles contribuyeron con un simple cartel a favor de la ducha frente al baño como modo de ahorro en el consumo. De ese modo, el consumo de agua en Benidorm se ha mantenido invariable desde 1982, situándose en torno a 140 litros/persona/día frente a los 300 litros/persona/día de una ciudad convencional y los más de 700 de una urbanización que algunos ecólogos han preconizado como mejor solución medioambiental para la ocupación litoral frente a la demonizada densidad.
En fin, no cabe recurrir a visiones maniqueas de esta realidad de la saturación de información y de ‘lo smart’ cuanto referirse, como ya han dicho otros antes, que un edificio, un barrio, una ciudad es tanto o más ‘smart’ cuanto lo son sus habitantes, y muy especialmente quienes de éstos tienen responsabilidad sobre las decisiones que afectan al futuro de la ciudad.

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