"La arquitectura debe proporcionar placer. Al entrar en un espacio arquitectónico las personas deberían experimentar una sensación de armonía, como si estuvieran en un paisaje natural, más allá de sus dimensiones y valor económico. Precisamente ahí reside mi concepto personal del lujo: es algo que nada tiene que ver con el precio, sino más bien con las emociones que la arquitectura consigue transmitir”.
Mónica Colomba recogía estas declaraciones de la arquitecto iraquí en 2011 en la publicación monográfica Zaha Hadid, Maestros de la arquitectura. Pocos pondrán en duda que se trata de una cita que encaja a la perfección con la obra de la primera mujer galardonada con el Pritzker. Y es que las obras de Hadid hacen gala de un sofisticado gusto por la componente plástica de la arquitectura; la mediática arquitecto modula el diseño de sus proyectos con un barroquismo desinhibido que se enorgullece de la amplia paleta de sensaciones que puede llegar a generar.
Sin embargo, tal vez aquí mismo resida una de las debilidades del pensamiento de Zaha. No es sólo que su arquitectura haya sido en ocasiones calificada como poco comprometida desde el punto de vista de la eficiencia y rigurosidad de la disciplina. Quizá lo que pueda ponerse en cuestión, atendiendo a sus propias palabras, es el uso indiscriminado de este recurso. Sus obras se agitan, se retuercen y transforman en un alarde compositivo, que si bien es cierto en muchas ocasiones alzanza una gran belleza, en muchas otras puede llegar hasta el agotamiento perceptivo.
El pasado viernes, (01.02.2013) el grupo compuesto por Íñigo Arrieta, Jaime Baladrón, Leonardo A. Bohrer, Ignacio Calonge, Ignacio Fernández y Yago Fernández convocó a toda la clase a reflexionar sobre estas cuestiones al presentarnos el noveno seminario del curso 12-13.

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