KAHN, Louis, título original: “Not for the Fainthearted”, artículo publicado en AIA Journal, vol. 55, nº6, junio de 1971, págs. 25-31.
(Extracto)
Un día, cuando era niño, estaba copiando un retrato de Napoleón. Su ojo izquierdo me estaba dando problemas. Ya lo había borrado varias veces. Mi padre me lo corrigió cariñosamente. Entonces tiré el papel y el lápiz al otro lado de la sala, diciendo: "Ahora el dibujo es tuyo, no mío." Dos no pueden hacer un único dibujo. Estoy seguro de que la más hábil de las imitaciones puede ser detectada por el creador original. El puro placer de dibujar se plasma en el propio dibujo. Y ésta es también una cualidad que el imitador no puede imitar. La abstracción personal y la relación entre el tema y el pensamiento también son inimitables.
Para un arquitecto, el mundo entero está dentro del ámbito de la arquitectura: cuando pasa junto a un árbol no lo ve como un botánico, sino que lo relaciona con ese ámbito propio. Un arquitecto dibujaría ese árbol como se imagina que ha crecido, porque siempre piensa en la construcción. Todas las actividades del hombre están dentro del ámbito del arquitecto y se relacionan con su propia actividad. Hace unos años visité Carcasona. En cuanto pasé las puertas comencé a escribir con dibujos; las imágenes que había estudiado se presentaban ahora ante mí como sueños hechos realidad. Empecé a memorizar cuidadosamente con líneas las proporciones y los animados detalles de esos grandiosos edificios. Me pasé el día entero en los patios, en las murallas y en las torres, mientras iba disminuyendo mi atención hacia las proporciones justas y los detalles exactos. A la caída de la noche ya estaba inventando figuras y colocando edificios con unas relaciones distintas de las que tenían. Los cuadernos de dibujos de un pintor, un escultor y un arquitecto deberían ser distintos. El pintor hace bocetos para pintar, el escultor dibuja para tallar, y el arquitecto dibuja para construir.

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