Entre 1890 y 1940 la isla de Manhattan se convirtió en uno de los primeros (y quizá el más destacado) tubo de ensayo del estilo de vida metropolitano. De una manera inconsciente y no programada, la isla acogió un experimento colectivo de apuesta por la densidad, auspiciado, casi exclusivamente, por el empuje de la especulación económica.
Fueron años en los que la proliferación de edificios de gran altura fue ocupando a gran velocidad cada una de las 2028 manzanas en las que la isla había quedado dividida desde principios del s. XIX con la primera propuesta de retícula. La cultura de la congestión tomó posesión de la urbe de un modo indiscriminado, erigiendo más y más rascacielos en las islas en las que había quedado organizada la ciudad, toda vez que eran circundadas por unas vías de comunicación de intenso tránsito que tornaban Nueva York en una Venecia del siglo XX. La reserva de Central Park, como recuerdo nostálgico de una pasado natural hábilmente escenificado por Olmsted (o como diría Koolhaas, como "conservación taxidérmica") y la aprobación de la Ley de Zonificación de 1916 (que fijaba una envolvente edificatoria máxima para cada parcela) completaron el más ambicioso programa metropolitano puesto en marcha hasta la fecha.
El resultado del experimento es sobradamente conocido, si bien no se trata de una experiencia acabada. Lo único constante y permanente en la ciudad es el cambio, como diría Heráclito, y en ella se da cabida con asombrosa naturalidad a contrarios irreconciliables: lo agradable y lo desagradable, lo opulento y lo precario, lo nuevo y lo viejo, etc. La "capital de la crisis perpetua", como ha sido nombrada en muchas ocasiones, es ejemplo y paradigma del ideal metropolitano: en ella residen respuestas a la cuestión fundamental por la densidad y la vida colectiva, y, quizá lo más interesante, sugiere también algunas preguntas que aún hoy deberíamos hacernos en relación a la organización de nuestras propias ciudades.

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