miércoles, 10 de diciembre de 2014

El arquitecto

Otto Wagner
WAGNER, Otto, "El arquitecto", en La arquitectura de nuestro tiempo: una guía para los jóvenes arquitectos, El Croquis Editorial, Madrid, 1993, pp. 33-36.

(Extracto)

El arquitecto ha sido ensalzado como el hombre moderno más perfecto, debido a la feliz confluencia de idealismo y realismo en su persona. Por desgracia, él es el único que percibe la veracidad de este hecho, mientras que el resto del mundo se mantiene al margen, sin compartir apenas esta opinión. Sin embargo, yo también debo unirme a la canción de alabanza, a pesar del peligro de dejarme arrastrar por la megalomanía.

La formación del arquitecto, que se extiende a lo largo de toda su vida, la responsabilidad ligada a su trabajo creativo, las grandes dificultades que ha de superar para realizar sus obras, los extravagantes juicios del público respecto a la arquitectura, [la envidia de sus compañeros de profesión, por desgracia demasiado habitual,] y la valoración casi siempre incorrecta de la calidad de sus obras, cubren su trayectoria con espinos [y a menudo se inclina a mirar melancólicamente a los prosélitos de las artes hermanas, cuyo camino suele estar cubierto de rosas y además reciben el aplauso de la humanidad]. El elogio y la censura, que hacen fructificar la trayectoria del artista, al igual que el sol y la lluvia hacen fructificar los campos, pocas veces aparecen en el firmamento del arquitecto. El gris eterno de la práctica profesional y la inquietante oscuridad de la apatía universal velan cualquier panorámica de libertad y alegría.

El arquitecto nunca puede contar con un éxito instantáneo, ni con una inmediata remuneración ideal. El esperado reconocimiento le llegará quizás después de luchar durante años para completar una obra, pero el momento culminante de éxtasis artístico y de alegría creativa se encuentra en aquel momento —invisible e ininteligible para los demás — en que esboza una idea básica acertada.

Por ello, el arquitecto ha de buscar la mayor parte de su recompensa en la satisfacción interior, teniendo siempre presente su obra con cariño y perseverancia, y no dejándose desanimar aunque su retribución pecuniaria, por regla general, se asemeje a una limosna y la sociedad siga prefiriendo, por ejemplo, retribuir a una cantante por una hora de actuación con una cantidad igual a la percibida por Gottfried Semper a lo largo de toda su vida profesional.



No hay comentarios:

Publicar un comentario